Teléfono Rojo
Teléfono rojo: 1. m. Conjunto de aparatos e hilos conductores, de color rojo, con los cuales se transmite a distancia la palabra y toda clase de sonidos por la acción de la electricidad.
2. m. Aparato rojo para hablar según ese sistema.
3. m. Dice ser de teléfono al que llamar cuando se busca una relación sexual sin compromiso con alguien con quien ya se ha tenido sexo anteriormente; y donde ambos saben que es solo sexo casual.
Pablo había crecido viendo las series y películas de los 70. Su serie preferida siempre fue el Batman protagonizado por Adam West (el de POW, PING y demás). Lo que siempre le encantó de aquella serie fue el teléfono rojo con el que se comunicaban Batman y el comisario. Estaba guardado dentro de una pecera y por si esto no fuera poco, se iluminaba cuando había una llamada entrante. Desde pequeño Pablo siempre había soñado que cuando fuera mayor en su casa tendría un teléfono rojo y si pudiera parpadear cuando llamaban, mejor que mejor.
Pero en los últimos seis meses, el teléfono rojo había adquirido todo un nuevo significado. Desde que tenía el número de Irene, el teléfono rojo era otra cosa; ni mejor ni peor, diferente. Actualmente para Pablo, un teléfono rojo era un teléfono al que llamar cuando tenía ganas de sexo. Pablo empezó teniendo solo un teléfono rojo; pero últimamente y a través de salir bastante y tener suerte con las mujeres, había adquirido algunos más. Algunos decían que Pablo tenía un harén, nada más lejos de la verdad, todas sabían que eran teléfonos rojos de la misma manera que para ellas lo era Pablo. De hecho, Pablo descubrió el mundo del teléfono rojo debido a Irene. Ambos se habían liado una noche y por la mañana se dieron los móviles, lo que a él le pareció más una formalidad que otra cosa. Al cabo de un par de semanas, Irene lo llamó preguntándole si se quería pasar por su casa a tomar algo. Esa fue la primera llamada de teléfono rojo que Pablo recibió. Y desde entonces cada vez que dormía con una chica le pedía su número, esperando que quizá pudiera ser un nuevo teléfono rojo. No todas la mujeres lo querían ser; algunas de ellas incluso se avergonzaban de haberse ido a la cama con alguien que acababan de conocer; mucho menos para ser teléfono rojo. Aún así, con una cierta dedicación Pablo consiguió unos cuantos teléfonos rojos. Curiosamente estas mujeres estaban esparcidas por toda la ciudad condal, así que más de una vez, Pablo había decidido a quien llamar, (en pleno momento alcohólico y con ganas de marcha) simplemente por el lugar de la ciudad donde se encontraba. Si estaba por el Raval, la mejor opción era llamar a Julia, que vivía a cinco minutos del Apolo. Si estaba por Gracia, su mejor opción era Laura, que vivía en Escorial. Una de las razones por las que Pablo no quería ir a beber a casa de un colega que vivía en Sarriá era por que por allí no tenía ningún teléfono rojo.
Cada uno de los teléfonos rojos tenía sus peculiaridades; Julia siempre hacía unos sándwiches de jamón y queso que llevaba a la cama cuando habían acabado y mientras Pablo se fumaba su cigarrillo; María siempre le esperaba con obscena y maravillosamente poca ropa; Irene tenía un gato con el que Pablo había hecho buenas migas; a Laura le gustaba hacerlo con música de la Velvet Underground puesta; Eli siempre lo echaba muy pronto por las mañanas, antes de que se despertaran sus compañeras de piso…
Normalmente, Pablo usaba sus teléfonos rojos en fin de semana, y además acostumbraba a llamar o enviar un mensaje ya bien entrada la noche, hacia las dos-tres y bastante bebido. Ésta fórmula de teléfonos rojos funcionó bastante bien para Pablo durante unos meses, quedaba con las chicas, tomaban algo, hacían unas bromas y luego se iban a la habitación. Por la mañana desayunaban un poco y se despedían hasta que uno de los dos decidía hacer la siguiente llamada.
Aunque no lo parezca, llevar una vida de teléfonos rojos no era tan fácil como pudiera parecer, entraban en juego muchos temas de equilibrio y casi me atrevería a decir que política. No podía quedar con la misma chica varias veces en un mes por que eso podía complicar las cosas, pero tampoco se podía olvidar de ninguna, ya que si la llamaba después de varios meses, era probable que ésta ya no estuviera interesada.
No era fácil encontrar nuevos teléfonos rojos y a veces tampoco era fácil mantenerlos. Pablo había tenido que acabar con uno de sus teléfonos rojos, Miriam, ya que ésta se había vuelto demasiado cariñosa. Por desgracia para ella, Pablo no estaba interesado en ella de un modo tan profundo. A su vez, Irene había dejado de ser un teléfono rojo, ya que había conocido a un hombre maravilloso con el quería tener una relación en exclusiva.
El mundo del teléfono rojo de Pablo cambió cuando conoció a Lucía; ésta era una chica muy atractiva que vivía a tres manzanas de donde vivía Pablo, estaba encantada con el tratado teléfono rojo (o TTR) y además tenía un apetito sexual voraz. El hecho de que viviera tan cerca provocó que Lucía y Pablo se vieran mucho, entre dos y tres veces semanalmente. Si Pablo iba al súper a comprar, de vuelta a su casa pasaba por la de Lucía y picaba al timbre a ver si ésta estaba. Cuando Lucía necesitaba sal, no iba al vecino de al lado, si no a casa de Pablo a buscarla. Cuando uno hacía una perdida con el móvil al otro, no significaba una contestación a un mensaje anterior o un “llámame”, ni tan siquiera un “no tengo saldo”; para ellos significaba un “voy para allí”. Más que un teléfono rojo, lo que hacían Pablo y Lucía era ser amigos que se benefician el uno al otro. Eso sí, si alguno de los dos quería tener un afer con otra persona no había ningún problema.
Se veían mucho, y esto hizo que Pablo dejara de llamar al resto de sus teléfonos rojos; “¿por que irse al Eixample cuando puedo ir a tres manzanas de aquí?” pensaba. Y pese a que Lucía no hacía sándwiches, ni tenía un gato, a Pablo no le fue muy difícil dejar de compartir ese tiempo con esas otras chicas, no las echaba de menos y visto que ellas tampoco llamaban, parecía un sentimiento mutuo. Sólo había una cosa que molestaba a Pablo de todo ese asunto y era Laura. Después de un mes y medio quedando con Lucía, los otros teléfonos rojos ya eran solo un bonito recuerdo; Pablo hasta había borrado sus números de teléfono del móvil (habiéndolos apuntado antes en un papel, por que nunca se sabe), todos menos el de Laura. No sabía por que, pero le costaba más desprenderse de Laura que del resto de chicas, así que decidió llamarla y quedar con ella para averiguar de qué iba todo eso. El viernes por la noche, quedó con unos amigos para tomar unas cervezas por Gracia y hacia la una le envió un mensaje diciéndole que estaba por allí y que si ella quería, quizás se podría pasar por su casa. No mucho rato después, Laura contestó y le dijo que fuera para allí en media hora. Al llegar a su casa todo fue como siempre, una copa, unas risas y después se fueron a la habitación de Laura. Por la mañana Pablo se despertó y se encontró solo en la habitación. Se puso los calzoncillos y los calcetines, ya que hacía frío, y se fue a buscar a Laura por el resto del pequeño piso en el que ésta vivía. La encontró en la cocina pelando patatas para hacer un estofado. Pablo se apoyó a la pared y le preguntó a Laura si le estaba haciendo la comida, ésta sin dejar de pelar patatas se rió y con un tono burlesco y sarcástico le dijo que por supuesto. Él sonrió y al verla allí, sin que ella le prestara atención se dio cuenta de por qué no había podido borrar su número, Laura no era un teléfono rojo como los demás; era especial; y Pablo quería algo más especial con ella que simplemente tener sexo de vez en cuando. La pregunta era: ¿sería capaz de conseguir ser algo más para ella que un simple teléfono rojo?
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